lunes, 29 de septiembre de 2014

La cosecha

La silenciosa noche trajo a los extraños. Se movían por la selva sin ruido. Nadie en el confiado poblado llegó a verles. Se deslizaron al interior de las cabañas de dos en dos y comenzaron a hacer desaparecer los cuerpos de sus moradores dejando sólo un aura brillante que introducían en unas cajitas transparentes. Mientras llevaban a cabo su misión algunos articulaban extraños chasquidos con los que parecían comunicarse. El más alto del grupo lanzó un estridente cloqueo y todos se reunieron en el centro del poblado portando su brillante carga. Después desaparecieron dejando tras de sí un pueblo vacío.


jueves, 18 de septiembre de 2014

Cuaderno de Bitácora: París día 2: Museo Cluny

Temprano, para no desaprovechar ni un solo minuto de nuestra estancia, nos despertamos y, después de planteado el día, bajamos a disfrutar de nuestro desayuno francés. Busqué los tan famosos croissant parisinos, pero sólo encontré a sus pequeños vástagos que lloraban mermelada en cada mordisco. No nos desanimamos por eso y salimos en busca de la estación de metro que sería nuestra referencia durante toda nuestra estancia, la estación de Cadet.

Para avanzar a veces tienes que retroceder. Después de consultar el plano del metro descubrimos que la forma más rápida para llegar a nuestro primer destino era ir en dirección contraria a como pensábamos. Línea 7 dirección La Courneuve hasta Gare de L’Est donde tomamos la 4 dirección Porte d’Orléans hasta la mismísima estación de Saint Michel.


Salir de la estación y encontrarnos con uno de los rincones más bonitos de la ciudad nos sorprendió. La plaza de Saint Michel.


Una figura de San Miguel luchando contra el diablo, obra de Francisque-Joseph Duret, a cuyos pies se encuentran dos ¿leones con cola y alas?, aunque en algunos lugares he leído que eran dragones. Juzgad vosotros mismos.


En nuestra anterior visita no habíamos llegado a esta coqueta fuente que volveríamos a ver un par de veces más a lo largo de nuestra estancia. Zona turística y comercial de souvenirs cercana a Notre Dame.

Pero ese no sería hoy nuestro destino, todavía no. Una de las visitas pendientes de mi anterior estancia fue ver el Musée National du Moyen âge, también llamado Musée Cluny por haber sido sede del hospicio de los abades de Cluny, situado en la plaza Paul Painlevé. Así que siguiendo la estela de un grupo de turistas jubilados precedidos de una guía llegamos a las puertas del museo.



Un cartelito junto a la entrada nos informaba de que la entrada al museo costaba 8€ para los adultos y de que para los menores de 18 años era gratis. Agradecidos por este detalle traspasamos las puertas a la Edad Media. Mi único pesar fue que, en principio, entendí que no podían hacerse fotos, así que decidí empaparme de toda la información que pudiese asimilar. Así comenzamos el recorrido hasta llegar al panel en el que se hablaba de la cerámica y cuál sería nuestra sorpresa cuando, entre nombres de lugares diversos encontramos el nombre de Muel en donde se alababa su cerámica. Una sonrisa de oreja a oreja se nos pintó en el rostro, como si hubiéramos visto a un viejo conocido donde no esperamos verlo. Desafortunadamente seguía respetando las normas y no pude hacer ninguna foto… zona romana con las termas, inscripciones… hasta que llegué al motivo principal de mi visita al museo: los tapices de La dama y el unicornio, del siglo XV. En una habitación oscura con una suave iluminación aparecieron ante mis ojos los tapices que representaban los cinco sentidos y el último: “À mon seul désir”. La sensación de estar delante de ellos fue indescriptible. Comencé a recordar lo leído en el libro de Tracy Chevalier y no pude evitar explicar a mi hija y mi marido las alegorías. Y en aquellos momentos alguien disparó una cámara junto a mí. Mi sorpresa fue mayúscula cuando el vigilante que había en la sala la miró y no dijo nada. Otra cámara más allá y el vigilante seguía sin decir nada. No me lo pensé dos veces. Quité el flash automático y me dejé llevar por la belleza de los tapices.






A partir de ese momento me dejé llevar disparando a discrección: las joyas del tesoro de Guarrazar,



los vitrales, el cuerno de unicornio... perdón, me he entusiasmado. Quise decir el cuerno de narval.




Incluso un olifante que siempre me hace recordar el Libro de Alexandre. Por supuesto tampoco desperdicié la oportunidad para fotografiar las armas, cota de mallas y todo lo referente a la panoplia guerrera para futuros relatos. Hasta llegar a una sala que me hizo lanzar una exclamación mal contenida. Fue como entrar en una pequeña catedral gótica en donde me demoré más de lo que mis acompañantes pudieron aguantarme. Desde aquí quiero agradecerles la paciencia que tienen conmigo cuando me entusiasmo de esta manera.




Y al salir al mundo moderno, después de pasar por la tienda de recuerdos, aún me quedaría una sorpresa esperándome, varias gárgolas asomándose a la calle vigilantes del tesoro que guardaban.






Alguna incluso parecía intentar ver más allá, tal vez tratando de comunicarse con sus hermanas de Notre Dame.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Cuaderno de Bitácora: París Día 1

Mis ojos buscaban ávidos la ciudad desde las alturas. Los dedos se agarraban al reposabrazos del asiento cada vez que el piloto hacía una maniobra, pero esta vez no quería perderme la vista de la ciudad desde los cielos. Quería disfrutarla con mi hija, sentada a mi lado, cuyos ojos brillaban con ilusión. Por fin, vería cumplido su sueño de visitar la ciudad de la luz. Descubrimos una pequeña ciudad con una iglesia preciosa, gótica. Lamentáblemente no llegué a saber su nombre. Mi francés no llega para entender lo que el piloto explicaba por los altavoces o quizá ni siquera estuviese hablando de lo que teníamos bajo nuestros pies.

Nos recogieron en el aeropuerto Charles de Gaulle para acercarnos al hotel que habíamos contratado. El camino discurrió intentando localizar edificios conocidos, pero no fue hasta que estuvimos cerca del hotel cuando empecé a reconocer algún lugar. Google Maps es un avance en esto del turismo y mis ojos se deslizaban hacia las placas de las calles para reconocer alguna de las que nos acercaba a nuestro destino. Después de circular a través de un laberinto de calles y callejuelas llegamos, por fin.

Nos faltó tiempo para salir a tomar contacto con los alrededores. Habíamos calculado los días que estaríamos y los abonos que oferta la ciudad, así que aquella tarde decidimos comprar billetes sueltos para desplazarnos en metro. Sin muchos problemas llegamos a la estación que habíamos localizado como la más próxima a nuestro alojamiento, la estación de Cadet, pero antes de bajar sus escalones una sonrisa se nos dibujó en el rostro al ver un establecimiento de comida rápida conocido que archivamos en nuestra memoria como posible salvador en caso de apuro culinario, y unos metros más lejos otro local de marca conocida de cafés que decidimos visitar en futuras expediciones. Como buenos turistas prevenidos descendimos las escaleras tomando nota de lo que sucedía a nuestro alrededor, aunque fueran las siete de la tarde todavía. Nos dirigimos a la máquina expendedora donde volvimos a comprobar los abonos de transporte y estando allí una chica no mayor que mi hija se dirigió a nosotros en inglés. Al comprobar que éramos españoles volvió la cara hacia un hombre que luego presumimos sería su padre que, muy amablemente, se acercó y nos explicó sus intenciones. Habían comprado un lote de abonos para el metro y se iban aquella misma tarde con lo que no los necesitaban e iban a perderse. Como buena turista desconfiada levanté una de mis cejas con gesto incrédulo al mismo tiempo que el señor, mejicano para más señas, nos dijo que nos los regalaba, que no quería nada, simplemente  no quería que se perdiesen. Nuestra cara de sorprendidos debía de ser un poema. Con una sonrisa nos los entregó y se despidió alegremente mientras nos deseaba buena estancia. Nos miramos todavía sin reaccionar ante la situación y conseguimos exclamar un “gracias” antes de verles desaparecer por las escaleras hacia la calle. Un punto a favor para la raza humana. Así que cogimos nuestros billetes regalados y procedimos a pasarlos por la máquina para tal uso. Antes, en la recepción del hotel, nos habían regalado un plano de París con su plano de metro correspondiente y habíamos decidido coger la línea 7 en dirección Ivry-Villejuif  hasta Louvre y luego tomar la línea 1 dirección La Defence hasta acercarnos lo más posible al Arc de Triomphe. Como había sucedido hacía 19 años en nuestro primer día en París y visitando el mismo monumento, al salir del metro nos recibió una fina lluvia que, conforme nuestros pasos nos acercaban a nuestro destino se hizo más insistente, hasta tener que parar un par de veces a refugiarnos bajo los aleros de Les Champs-Élysées. Apuntamos mentalmente no volver a salir sin paraguas por muy buen día que pareciese hacer. Eso sí, tuvimos la oportunidad de comprobar el gran número de tiendas que poblaban dicha arteria. Y después de alguna que otra parada y de mirar insistentemente al cielo para ver si la lluvia decidía dejar de saludarnos, llegamos al Arc de Triomphe.


Allí descubrimos lo que un turista profesional puede llegar a hacer para conseguir un selfie. Decidiendo no arriesgar nuestras vidas en el primer día de estancia preferimos hacer las fotos al estilo tradicional sin poner en peligro nuestra integridad física y llegamos hasta el andador que posibilita que un peatón llegue sin contratiempos junto al monumento donde procedimos a hacer lo que todo turista hace cuando llega allí, localizar su ciudad en el muro del arco.


Mientras cada uno nos dedicábamos a buscar la mejor foto recorrimos los pies del monumento hasta llegar a la llama que recuerda al soldado desconocido y que, posteriormente, supe que se mantenía encendida siempre. La verdad es que ver a un soldado de carne y hueso junto a ella armado hasta los dientes me causó cierto desasosiego. Como ya se hacía tarde y todavía no habíamos siquiera deshecho las maletas decidimos ahorrarnos las 286 escaleras y volver a los alrededores del hotel a buscar dónde comer, aunque lo que nos dominaba era el cansancio y no el hambre, así que volvimos a realizar el trayecto de forma inversa hasta salir por las escaleras de la estación de Cadet donde nuestros ojos se detuvieron en el conocido cartel de la cadena de comida rápida que sería aquella noche nuestra salvación.