sábado, 21 de junio de 2014

La espera

Se había acercado a un pequeño prado al dejar de caer las luces del cielo. No era un chico valiente, pero sí muy curioso y el sonido que había escuchado cuando todo acabó había sido demasiado atrayente para él. En el momento que la última bola cayó del firmamento comenzó a oírse una suave música como si miles de voces cantasen a coro. Se lo había dicho a sus padres, pero ellos no oían nada y le prohibieron salir de casa hasta que las autoridades competentes explicaran el fenómeno que habían presenciado. Pero nadie sabía de qué se trataba y todos esperaban y contenían la respiración aguardando algo, aunque no supieran qué.
Al llegar al prado vio que no estaba solo. Otros compañeros del instituto habían acudido también al claro y paseaban entre las enormes esferas que lo cubrían. Algunos, los más osados, deslizaban las puntas de sus dedos por encima de ellas.
—Están calientes —comentó uno de ellos y el resto asintió y guardó silencio.
Siguieron paseándose entre ellas, escuchando aquella música que les había atraído sin saber lo que era ni qué hacían allí. Todos sentían que debían esperar algo... y en ese momento sucedió.



Me puse a escribir este microrrelato para el blog de mi amiga (El Universo de las Palabras Perdidas) y me di cuenta de que podría enlazarlo con la foto del anterior reto, así que escribí los dos relatos uno detrás de otro. Incluso podría llegar a convertirse en algo más que dos microrrelatos relacionados, ¿quién sabe?.

Lluvia de estrellas

—Mamá, mamá, las estrellas se caen del cielo —gritó la pequeña excitada.
Su madre la miró con una sonrisa.
—Son estrellas fugaces, Silvia, ya hablamos de ellas.
—Pero hay muchas, mamá. Y están cayendo al suelo.
La mujer frunció el ceño, se secó las manos en su delantal y acompañó a su hija que daba pequeños saltitos con nerviosismo mientras salía delante de ella al jardín.
—Mira mamá —dijo la pequeña señalando al cielo.
Cuando miró hacia el cielo no pudo comprender lo que pasaba. Realmente parecía que las estrellas estaban abandonando el firmamento para caer en la Tierra. Entrecerró los ojos mientras seguía una de ellas con la vista y luego abrió los ojos desmesuradamente.
—Silvia, entra en casa.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó la niña con temor.
—Entra en casa te digo —ordenó su madre mientras cogía la manita de su hija con firmeza—. Al sótano.
Mientras, fuera de la casa, seguían cayendo bolas de luz. Una de ellas aterrizó con gran estrépito en el jardín que acababan de abandonar y siguió brillando con un parpadeo como si esperase algo...


Foto: Myrna Alvarado

lunes, 9 de junio de 2014

De la Tierra a la Luna

—¿Estás seguro de que allí encontraremos sus almas?
—Monsieur Verne lo aseguró  —le contestó su compañero.
—Monsieur Verne creo que se burlaba de ti —opinó el otro hombre con gesto dubitativo—. Contestar riéndose “por supuesto” a tu pregunta de si las almas suben hasta la Luna no creo que sea asegurar nada.
—Eres un incrédulo, ¿dónde van a ir si no?
—¿Al Cielo? —sugirió el otro.
—¿Y dónde está el Cielo? ¿Tú lo ves? Hemos ascendido como ningún otro hombre lo ha hecho y lo único que vemos es la Luna cada vez más cerca.
Su acompañante observó el enorme satélite que cada vez estaba más cerca... creo que ya había quedado claro.
—¿Y por qué no hemos utilizado un cañón como monsieur Verne? —siguió preguntando.
—Porque no teníamos ninguno y él no me replicó cuando le expliqué mi idea del globo —continuó argumentando su compañero.
—No pudo porque le dio un ataque de tos de tanto reírse —contradijo su amigo no muy convencido.
Ya podían verse claramente los cráteres y el satélite era diez veces más grande que el enorme globo que los impulsaba.
—Hombre de poca fe —dijo el más viejo con una sonrisa—. Ahora sólo queda aterrizar.
—“Alunizar” querrás decir.
El otro le miró enfadado mientras soltaba el aire del globo y la barquilla iniciaba su descenso hasta alcanzar tierra… quiero decir, luna. El golpe estremeció a sus dos ocupantes que se sujetaron el sombrero con una mano mientras se agarraban al borde de la barquilla con la otra.
—Bien, y ahora ¿por dónde comenzamos la búsqueda? —preguntó el más joven.
—No estoy seguro —respondió su compañero.
Un hombre de grandes bigotes apareció ante las miradas sorprendidas de ambos pasajeros.
—Bonjour mes amis —saludó.
Ambos lo miraron perplejos.
—Es de buena educación contestar a los saludos —les conminó el extraño hombre atusándose los largos bigotes.
—Bonjour monsieur…
—De Bergerac, Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac. ¿Acaso no conocen mi historia? Permítanme que se la relate.
El hombre carraspeó mientras comenzaba.

—Ésta es la historia de cómo Cyrano llegó a la Luna… “Estaba la Luna en lleno y el Cielo despejado, y ya habían sonado las nueve de la noche…”


Me acababa de terminar un cuento de Roberto Malo y Francisco Javier Mateos con preciosos dibujos de David Guirao (El príncipe que cruzó allende los mares) y todavía tenía que escribir mi microrrelato semanal para el blog de mi amiga (El Universo de las Palabras Perdidas) cuando la idea inicial comenzó a deformarse como vista a través de las gafas del Conejo Blanco del País de las Maravillas y surgió este relato. Ha sido como volver a aquel Cementerio de Conejitos Zombis donde se mezclaban la locura con las buenas letras y las risas entre amigos con poemas. Este relato está dedicado para todos vosotros, mis querid@ Conejit@s Zombis. Os echo de menos.

miércoles, 4 de junio de 2014

¡Corre!

Fue en Nochebuena. La última Nochebuena tranquila aquí en Londres. Entonces no sabía nada de alienígenas, invasiones ni viajes en el tiempo. Había salido a hacer las últimas compras de navidad cuando oí un grito cercano. Una chica corría en mi dirección. Su cara reflejaba terror, pero yo todavía no sabía qué era lo que la asustaba tanto hasta que descubrí algo que cambiaría mi vida para siempre. Un grupo de maniquíes la seguían con pasos inseguros. Los había de niños, de mujeres, de hombres; unos sin cabeza, otros simples piernas. La situación era tan absurda que no supe reaccionar y seguí observando cómo se acercaban. Entonces alguien gritó junto a mí:
—¡Corre!
Aquella noche cambió mi vida. Aquella noche conocí al Doctor.

Foto: Esteban Navarro

Hace varios años un amigo me recomendó la serie de Doctor Who y la verdad que en un principio me pareció una patochada, pero seguí viendo sus capítulos e incluso mi hija Sara se unió a mí. Y he llegado a esperar los especiales de navidad y el especial de los 50 años como si fuera una fan más. Ahora quiero hacer un pequeño homenaje tanto a la serie como a todos los amigos, y son muchos, que siguen esta longeva serie. Va por vosotros. Todos somos los "companion" del Doctor.