miércoles, 10 de diciembre de 2014

Ojo por ojo


Había encargado a un artista reproducir en pequeño formato el gran cuadro que mostraba a su hija antes del bombardeo. Y sería lo último que verían sus ojos cuando estrellase el zepelín contra la residencia del culpable del ataque. Ya no le quedaba nada que perder, salvo la vida, y la iba a entregar gustoso para acabar con el asesino de su hija y de tantos de sus conciudadanos.

Las alarmas antiaéreas atronaban sus oídos, pero ya era tarde para detenerle. Si le destruían caería sobre el palacio presidencial.

Allá abajo una niña miraba al cielo y en sus brazos se revolvía un gatito. La historia volvía a repetirse.

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