miércoles, 23 de abril de 2014

¡Conejiiiitoooo!

La plaga se había extendido por todo el país. Demasiados ensayos genéticos habían llevado a muchos seres vivos a la mutación. Las zanahorias ya habían atacado a varios niños pequeños. Habían adquirido conciencia de lo que eran y de lo que les habían hecho y ahora clamaban venganza.

El pobre conejito no intuía lo que le acechaba. Ese dulce, tierno y, ¿por qué no decirlo?, mmmm…. sabroso conejito no sabía que ella se encontraba a su espalda. Se acercó sin hacer ruido deslizándose, arrastrándose, acortando la distancia con el animalito. Suave, pequeño… delicioso. La hortaliza casi se relamía anticipando el sabor del pequeño mamífero. Sus raíces rozaron el suelo provocando un murmullo. El pequeño levantó sus orejitas. La planta susurro:

-¡¡¡Conejjjjiiiiitooooooo….!!!

Este la miró con sus ojillos, movió la naricita… y devoró a la zanahoria mutante.

Recuerda, nunca subestimes a un conejito zombie.




Este microrrelato es uno de mis preferidos. No por lo bueno o malo que pueda ser sino por lo que lleva detrás y por todo lo que me recuerda. Durante un tiempo estuve compartiendo letras, locuras y alguna poesía con una gente maravillosa en un rinconcito virtual llamado "El cementerio de los conejitos zombis". Un lugar donde dábamos rienda suelta a nuestra locura y en donde podíamos encontrar una conejita zombi seguidora de Batman como en la que me convirtió mi amigo Alberto Abad, autor del dibujo. Ellos me ayudaron a dejar de lado mi vergüenza para dejar volar la imaginación con lugares y situaciones ilógicas al modo del País de las Maravillas de Alicia. Gracias a todos mis amigos conejitos zombis por esos buenos ratos pasados.



Dibujo de Alberto Abad, "el Garras"

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