jueves, 24 de abril de 2014

Cuentos

Mi abuelo siempre me había contado que las momias se guiaban por el movimiento. Él vivió durante muchos años en Egipto, así que supongo que sabía de lo que hablaba. Espero que fuera verdad lo que me decía y no se tratase de un engaño para que permaneciese quieta en mi cama y no le molestase mientras bebía su brandy. Porque aquí estoy, inmóvil como estas estatuas de mi derecha, tratando de que esa criatura que salió del sarcófago no haga conmigo lo que hizo con mi padre y mi hermano. Ya oigo sus pasos. Ese lento arrastrar que hiela mi sangre. No debo llorar, no debo respirar. Pero mi corazón parece retumbar en esta fría sala, delatándome. Se acerca a mí y cierro los ojos. Si la miro gritaré y me descubrirá. La siento más próxima. Si estuviese viva notaría su aliento en mi cara. Parece husmear el aire… Abuelo, te odio por mentirme.


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